Siete años después, nos vimos las caras en
la misma mesa en que comenzamos la velada del relato anterior. Misma mesa, otro patio, otros árboles.
Ambos con historias que nos destruyeron el alma. Claro que tu historia es con
ella, y la mía, contigo.
Te fui a buscar al tren al medio día,
fuimos a beber horas de cerveza a una picada de barrio, luego en casa. Cada
recuerdo e historia nos golpeaba la cabeza y el pecho, nos hacía mirarnos y comenzar a contarla con un sorprendido: ¿Te acuerdas cuando...? Hasta que
entrada la madrugada fuimos a buscar qué comer a la calle y siguiendo la música fuerte, llegamos a un bajón. De vuelta,
después de dilucidar y yo al menos resignificar cosas importantes de mi vida al
conversar contigo, comenzaste a sonreír. Te reías divertido, te cubrías los
ojos, luego me mirabas. Insistí en saber cuál era el chiste.
-Te acuerdas cuando ¿...mojaste mis pantalones?
- Me sorprendiste tanto con tu pregunta que me quedé helada un segundo y luego
me largué a reír. Tratando de recordar el orden de los hechos, traje a colación
el famoso blog (¡este blog!) que yo escribía cuando tu jugabas conmigo y yo te
amaba. Según yo, escribía todo allí crípticamente. Según tu (y tu delirio
paranoide según yo) todo era identificable y me hiciste omitir frases, luego
esconderlo y finalmente hacerlo desaparecer como privado. No en vano había
muchas cosas que complicaban enormemente la historia, detalles en los que no
entraremos aquí.
Cómo no llegábamos a acuerdo sobre lo que
había pasado decidí tomar el celu y buscar el escrito de esa noche
en que propiciaste ese buen y delicioso squirting y mojé tus pantalones. Abro
el blog y comienzo a leer, muriendo de vergüenza y risa. Avanzo un poco en la
lectura y empiezo a sentir el calor en mis piernas, en la piel del pecho, y
luego una punzada en el bajo vientre. Una rica, un destello de fuego y agua que
echó a andar líquidos sinuosos en mi cuerpo. Suelto del celular y digo: - No
puedo leer esto ahora!!- Mirándome fijo, recogiste mi celu y te pusiste a leer. Tu sonrisa se agrandaba por segundos.
Wn, que manera de reír, interna y
externamente. Si la lectura de esa caliente historia de sexo donde mi amor se siente
en cada aliento que describí tuvo el mismo efecto en ti que en mí, no lo sé,
sólo sé que lamento no haberme hecho más disponible esa noche; haber actuado
como el gato asustado que muchas veces dijiste que yo era. Es el miedo, querido
Edgard. Aún no sé muy bien de qué, tal vez de que no nos veamos lo suficiente,
o de que encuentres a alguien y como no me das un lugar verdadero en tu alma,
vuelvas a hacer un gran silencio. Tal vez lo que más miedo me dá es esa idea loca que pusiste en
la mesa de qué habría pasado si hubiésemos estado juntos.
Aun así, mantengo lo del relato anterior:
Te invito cuando quieras a repetir el desastre. Pero tienes que comenzar tú,
para estar segura de que tú quieres hacer todas esas arlequinadas bizarras
conmigo, para no meter las patas y ahondar tu pena en vez de ser un bálsamo.
¿Y qué de mi pena? Nada con ella. Cada
encuentro contigo sólo me da felicidad. Quisiera ser más para ti, pero ser lo
que sería es suficiente. Soy ruda, ¿recuerdas? Puedo con todo, casi sin
chistar. Porque ¿somos o no somos amigos? Léase con tono aguardentoso, con
varios litros de cerveza y un sandwich de bajón en el cuerpo.
Mel in Wonderland