Pasan los ciclos y Einstein se equivoca. Nada en mi pecho se transforma, mucho menos desaparece. Se van y vuelven las torcazas con la estación después del frío, mientras mirlos negro-azulados me llaman por las esquinas. Otra vez. Y tú vuelves. No en un día frío, como tantas veces imaginé. Ni con las nubes arreciando lluvia salvaje, no en un momento obscuro. Llegas con la luz, con las arañas blancas que penden ligeras del damasco y sus frutos maduros.
¡La noche más brillante y dulce que he visto!
Ah!, es magnífico sólo conversar horas contigo, echar los pensamientos a bailar y que salgan seres, mundos, máquinas, pájaros, universos. Toco tu brazo y tú mi cabeza, coincidimos cintura con cintura. Sólo coincidencias, o más bien puras mentiras. Tu novia te dejó, viniste por aquello que te faltaba, no por mi. Un poco más y me rechazas, olvidando tu rol de conquistador de esa noche. O era a la inversa, y por una vez estabas olvidando tu rol de desinteresado? Tanto te costaba demostrar que sí te gustaba? Ay.
Tu cuello sigue oliendo delicioso, tu cara no ha cambiado casi nada, tu boca sigue siendo fuente infinita- textura perfecta para la mía. Me diste un momento más en el Aleph: mareada en la corriente del Caendorth, embebida de tu fuerte respiración...y mi mente queda en silencio, mirando el ominoso paisaje de montañas negras recortadas contra los cielos obscuros, las que guardan los eones pasados y por venir. Los bosques y cada una de sus gotas de rocío turgentes en plena noche, todas las noches. Todo en su sitio y nada se ha perdido, toda historia que pasó de tu mente a la mía y la mía pobló de enredaderas. Apretaste mi pecho y lo hiciste sangrar.