
No es nada, sólo llegó a collapsar frente a mi puerta.
¿Ven? no hay disfraz en su ropa de demonio bien caido, caido con ganas. Más bien algo como una agonía íntima, el deseo de cruzar las estrellas a nado.
Sólo el control le hace sádico, y el sadismo frío; la locura, ardiente.
Metió sus manos en la tierra e hizo brotar un rayo desde el cielo; marcó mi frente y su ceja izquierda, el cuasi hoyuelo del mismo lado; el pelo azul y las ideas macabras. Dejó sin aliento a las ideas, y vi su escencia. Los nudillos. Sus preguntas escasas. Me miró con ese iris desvastado.
(No huyaís despavoridos, es tan solo un hombre en sí mismo, aún que no lo es en realidad; un rey, un padre, un consumidor de universos -y de almas- , un compañero de juegos; un arquitecto de mundos, un amante fuerte, dulce y déspota -como yo-, un mago y un observador silente, un aleph de sí mismo y su historia arcana. No os hará daño si no os acercáis.)
No pudo dejarme pasar o no quiso; puso mi alma en vilo, sedujo a las parcas y cumplió todos los destinos pendientes. Lavó mis huesos en la orilla del Caendorth, sembró plantas que no conoce y se marchó por las piedras de vuelta a la ciudad.
Una vez allí,y al ver que mi alma escapaba hacia los poblados, prendió fuego al borde de su capa y la arrastró por las ciudades que una vez ardiendo me escupieron de su vientre agónico frente a sí.
Me dejó en la torre; me vigila a escondidas.
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